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Autor Tema: La Era de los Elementos  (Leído 1737 veces)
Ruspelstinski
Visitante
« : Diciembre 03, 2008, 07:46:30 »

Historia: El Fin de un Imperio



El Imperio de Argentum marcó el final de la Era de los Castillos y el comienzo de la Era de los Elementos. Protagonizó un período entero que lleva su nombre: el Período Imperial.
Fue el período más estable y fructífero de toda la historia de Argentum. Coincidió con el aprisionamiento de Averno, esto propició que el Bien y el Mal se diluyeran, pudiendo desarrollarse un sistema político global sin apenas tensiones.
El Imperio se fundó tras la victoria ante Averno. Dafte Isindard, con el apoyo de cuatro magos elementales, encarcelaron a Averno en una prisión de piedra, salvando a Argentum de su amenaza. Tras esta gran hazaña, fue declarada Emperatriz y los cuatro magos elementales su Consejo Imperial.
A lo largo de casi diecisiete siglos, la estirpe de Isindard dirigió acertada y gloriosamente a las razas libres de Argentum.
Entre otros hechos destacan:

- Fundación de los últimos asentamientos de Argentum: Icebil, Ciudad Templaria (en honor a la antigua orden) y Nueva Esperanza (asentamiento que manifiesta el optimismo de la época).

- Construcción de la Fortaleza, que dominaría los cuatro Castillos y donde se acumularía el gran poder del Imperio.

- Las Fuerzas se pusieron al servicio del Imperio como sus tropas de élite.

La liberación de Averno en el 1667 de la Era de los Elementos (EE), inició el declive del Imperio. Sus emperadores cada vez eran menos diestros en el gobierno, siendo meras sombras de los gobernadores de antaño. Las ciudades albergaron más y más desavenencias y rencores.
En el 1845 EE, estalló la Guerra Civil de Secesión, amparada por las artimañas de Averno y el crecimiento del mal en Argentum.
El último Emperador fue asesinado en el 1847 EE. El Imperio fue destruido y comenzó el Período de los Reinos.
Este período se caracterizó, desde un principio, por la heterogeneidad política. Los distintos sistemas adoptados fueron:

- Reinos: los gobernadores de las grandes ciudades se autoproclamaron reyes y establecieron las fronteras de sus reinos. Estas fronteras fueron inestables debido a continuas escaramuzas por su control.
Los tres reinos originados fueron:

• Reino de Banderbill: el Gobernador traicionero de Banderbil fijó sus fronteras norte, este y oeste en el mar y al sur, en el maldito bosque de Dorck, anexionándose a la indefensa Ullathorpe y ejecutando a su Gobernador.

• Reino de Arghâl: su Gobernador tomó el control de toda la isla en la que se encontraba, incluyendo el pueblo de Tebas y manteniendo un gran destacamento en Lindos.

• Reino de Caosbill: su gobernador reclamó todo el desierto sobre el que se asentaba Caosbill, incluyendo la ciudad de Yanhamun. Continuamente pugnó por aumentar su frontera hacia los bosques occidentales, donde se enfrentó en numerosas ocasiones a los ejércitos de Nix.


- República: Nix, al igual que durante la Guerra Civil, mantuvo un talante neutral para su propio beneficio. Declaró una república dirigida por el Senado. Sus ejércitos, intactos por no participar en la guerra, aumentaron su poder y acapararon todos los bosques de los alrededores, hasta llegar al norte al bosque de Dorck y al este al Reino de Caosbill.


- Ciudades Estado: Icebill y Nueva Esperanza se encontraban fuera del alcance de cualquier reino y eligieron sus propios dirigentes por medios pacíficos. Ciudad Templaria decidió no adherirse a ningún reino por las mezquinas intenciones que tenían todos ellos; adoptó un gobierno hereditario y ayudó económicamente a la Resistencia que fue surgiendo contra los reinos en Ullathorpe, Lindos y Tebas.

Ninguno de estos sistemas llegaba a ser ni la sombra del antiguo Imperio. Sus continuos enfrentamientos los debilitaron. Averno comenzaba a recoger lo que había sembrado.
« Última modificación: Diciembre 03, 2008, 08:03:54 por Ashur » En línea
Ruspelstinski
Visitante
« Respuesta #1 : Diciembre 03, 2008, 07:47:30 »

Capítulo I: Primera invasión Nosferatu


Aquel día, la oscuridad se cernió sobre Argentum. La invasión fue preparada durante mucho tiempo por los Nosferatus; las arañas estaban listas para ser lanzadas contra las razas que poblaban Argentum.
Rápidamente, corrió la voz. Cuatro ciudades estaban siendo atacadas por las hordas de los Nosferatus, al mando de cuatro temibles generales.
Asombrosamente y como milagro de los dioses, los ciudadanos y ciudadanas de Argentum respondieron como una única voz contra la tiranía; olvidaron sus viejas rencillas y organizaron la defensa.
Lindos fue la primera en alzarse contra la opresión de los Nosferatus. Los primeros ciudadanos en luchar se sacrificaron por todos los demás y gestaron un sentimiento de rabia y venganza.
La lucha en los terrenos fangosos de Lindos pronto se extendió a las estrechas callejuelas de Ullathorpe, donde el enemigo fue combatido brutalmente y donde cayó el primer ejército Nosferatu.
Tampoco será olvidada la mítica batalla en la isla central de Yanhamun; el general Nosferatu allí destinado, arrinconó a los valientes ciudadanos en su último reducto, la isla central. Los ataques contra la isla provocaron estallidos de sangre y objetos en los cuerpos de los mártires de Yanhamun, que acto seguido se precipitaban al mar, pero, finalmente, el general fue derrotado, y ahora su cabeza es exhibida en una pica a las puertas de la ciudad.
Con Lindos también liberado, tan solo faltaba la ciudad de Caosbill. Aquí, el General Líder Nosferatu Mandragh se había atrincherado en la Iglesia, profanando suelo sagrado. En este momento, se vivieron las escenas más dramáticas y heroicas de la invasión; ciudadanos utilizaban su propio cuerpo como escudo para arrinconar a Mandragh mientras sus hermanos atacaban torrencialmente con las últimas fuerzas que les quedaban. Finalmente, Mandragh cayó, llevándose muchas almas consigo.
La defensa de Argentum triunfó. Las cuatro Fuerzas consiguieron expulsar al enemigo y mantener sano y salvo el mundo de Argentum... hasta la próxima vez.
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Ruspelstinski
Visitante
« Respuesta #2 : Diciembre 03, 2008, 07:48:20 »

Capítulo II: Periodo de paz. Acción – Reacción


En la mazmorra nosferatu, ubicada en el profundo Averno, Zrag, Caudillo nosferatu, oteaba el desolado paisaje de tono amarillento azufre desde el balcón de su sala del trono.
Su mirada estaba perdida, recordaba el momento en que conoció la humillante derrota. Aquél día se encontraba sentado en su trono, mirando sin escuchar al mensajero que hablaba arrodillado ante él. Las primeras palabras que escuchó fueron suficientes.
"Mi caudillo, el ejército de Mandragh a fracasado. El General ha muerto. Parece ser que..."
Sus planes de someter a las razas libres de Argentum habían fracasado. No solo eso, su único hijo, Mandragh, había muerto a manos de las débiles y pusilánimes razas libres.
Su hijo había sido humillado y, al mismo tiempo, Zrag había sido humillado con él. No le importaba el resto de la narración de su mensajero, de hecho era insoportable para sus oídos.
Zrag levantó ligeramente su brazo derecho del reposadero del trono, con un movimiento rápido y ascendente arrancó de cuajo la cabeza del joven nosferatu que hablaba ante él, con la misma facilidad que se espanta una mosca. La cabeza rodó hasta chocar con una de las paredes de la sala. Ésta fue la única "muestra de dolor" que mostró Zrag por la muerte de su hijo.
Ahora, tiempo después, todo volvía a estar preparado. Sabía cuál había sido su error, nunca debió enviar a su hijo como líder de la invasión.
Joven y sin experiencia, Mandragh había arrastrado a la destrucción a buena parte de los ejércitos nosferatus.
Zrag no estaba dispuesto a cometer otro error. Apartó su mirada de los amarillentos paisajes de azufre, giró sobre si mismo y penetró en su sala del trono.
Un sirviente esperaba de pié a su amo, en el centro de la habitación. Observó como el Caudillo ocupaba su lugar en el trono.
"Llamad a mi Campeón" - tronó Zrag con la mirada clavada en el suelo.
El sirviente marchó raudo a cumplir su tarea, sabiendo que su vida dependía de la rapidez con que la llevara a cabo.
Pocos minutos después, Zrag comenzó a sentir un leve temblor rítmico que fue creciendo hasta hacerse fuerte como un terremoto.
El Campeón nosferatu se inclinó ligeramente ante la arcada de casi diez metros de la sala del trono. Avanzó hasta su Caudillo y se inclinó clavando una rodilla en el suelo, haciendo saltar pedazos de las baldosas situadas bajo él. Permaneció en silencio.
Zrag alzó la mirada y sus ojos irradiaban fuego.
"Aplástalos Lemagh. Aplástalos a todos".
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Ruspelstinski
Visitante
« Respuesta #3 : Diciembre 03, 2008, 07:49:12 »

Capítulo III: Segunda invasión Nosferatu


El miedo y el dolor fueron desapareciendo paulatinamente a medida que las ciudades iban reconstruyéndose. Ullathorpe y Caosville volvían a ser las grandiosas ciudades de antaño; Yanhamun y Lindos recuperaron su humilde actividad.
La invasión nosferatu estaba comenzando a ser olvidada. Nadie supo contestar como podía haber surgido un ejército de nosferatus. Esta raza era bien conocida en Argentum, al menos eso se creía. Hasta aquel momento sus apariciones se habían limitado a esporádicas presencias en terrenos salvajes. Cada cierto tiempo aparecía un nosferatu que era rápidamente eliminado antes de producir demasiados daños.
Este ataque escapaba a cualquier lógica. También resultaba extraño que la piel de los nosferatu que participaron en la invasión era distinta; en vez de ser de un tono morado - grisáceo, irradiaba una misteriosa luminiscencia verde.
Estas cuestiones sin resolver fueron olvidándose.
La mañana del día en que retornó la pesadilla fue despejada y apacible, como la tranquilidad anterior a la tormenta. Tras el almuerzo, extraños rumores recorrían todas las tierras de Argentum. Algunos aseguraban que una de las torres del Castillo Oeste había volado en pedazos. Otros afirmaban escuchar ruidos de batalla en el interior del Castillo Norte y unos pocos juraban haber encontrado cadáveres en sus proximidades que presentaban grandes incisiones cilíndricas, los cuerpos estaban extrañamente hinchados y su piel verdosa, como si hubieran sufrido algún tipo de poderoso veneno.
Los rumores pronto se consolidaron. La situación era crítica. Una vez más, el enemigo atacaba Argentum. Esta vez golpeaba los centros neurálgicos del poder en Argentum: los castillos. Quien controlaba los castillos accedía a la Fortaleza y quien poseía la Fortaleza dominaba Argentum.
Los ciudadanos no salían de su asombro. ¿Esas bestias sin inteligencia estaban atacando los castillos?
Esta vez, la defensa se organizó más rápidamente; no se produjo el caos que se extendió en la primera invasión, con los ataques a las ciudades.
Sorprendentemente, el Castillo Sur y el Castillo Este habían resistido el ataque. Dos de los clanes más poderosos de Argentum habían defendido a sus reyes con pasmosa efectividad, aniquilando al enemigo.
En cambio, el Castillo Oeste y el Castillo Norte habían sucumbido. Sus reyes habían sido asesinados. En este frente hubiera estado todo perdido de nos ser por la reacción de las Fuerzas Elementales de Argentum. Organizaron un ataque a gran escala junto a los supervivientes de ambos castillos y liberaron el Castillo Norte que quedó reducido a escombros a excepción de una de sus torres, que quedó erguida victoriosa.
Las Fuerzas y el ejército de clanes avanzaron hacia el Castillo Oeste, último bastión del enemigo invasor.
Una cruenta batalla tuvo lugar en la loma de ascenso al castillo ante un temible enjambre de feroces arañas gigantes. Con determinación, el ejército de las razas libres se abrió paso hasta el castillo, derribando las puertas y penetrando en él.
El estruendo del ejército al entrar fue silenciándose y las voces de coraje de sus soldados se convirtieron en gemidos de terror.
Un increíble monstruo se alzaba ante ellos. Un nosferatu de más de diez metros de altura les observaba con la boca entreabierta, derramando torrentes de saliva que, al tocar el suelo, hacían humear los adoquines.
El ejército no reaccionó hasta que Lemagh se cernió sobre ellos. Con amplios mandobles de sus brazos troceaba unos cuerpos y lanzaba otros a increíble altura, aplastándolos contra paredes, techo y suelo. Luminosos hechizos volatilizaban grupos enteros de soldados en nubes de polvo que inundaron el castillo y a los allí presentes; aquél día, los ciudadanos pudieron, literalmente, oler y saborear la muerte.
El ejército estaba siendo destruido, solo era cuestión de tiempo.
Algo detuvo a Lemagh. Un rugido surgió de las puertas del castillo; ronco y fuerte, consiguió que el nosferatu detuviera su masacre.
Todos miraron en dirección a las puertas pero con la nube de polvo no era visible aquella zona. Al asentarse el polvo, surgió la silueta de un poderoso paladín de Eolo, Bhaal. Con voz gélida siseó:
"Ven por mi"
Lemagh esbozó una retorcida sonrisa y avanzó a grandes zancadas hacia Bhaal con una enorme mano levantada por encima de su cabeza. Bhaal corrió hacia Lemagh, acompañado por el tintineo metálico de su armadura, y en el momento en que éste descargaba su mano contra él, rodó hacia delante y reemprendió con gran agilidad su carrera, dejando la mano de Lemagh incrustada contra el suelo.
Desenvainó su espada, que poseía un brillo rojizo, y la dispuso en posición lateral, pasó entre las piernas del nosferatu y produjo un superficial corte en una de sus piernas, un corte que ni siquiera sangró.
Lemagh se incorporó y giró sobre su cintura para mirar a Bhaal por encima del hombro, que se había detenido inmóvil tras el nosferatu.
"JA, JA, JA" - retumbó la voz de Lemagh- "¿Esto es todo lo que sabes hac...?"
No pudo acabar la frase. A partir de la herida de su pierna, una reacción en cadena tuvo lugar. Sus músculos se agarrotaban uno a uno, arrugándose bajo su piel. El efecto se extendió por todo su cuerpo torsionándolo y, finalmente, paralizándolo.
Durante cinco segundos el silencio fue absoluto. Lemagh se preguntaba humillado como un ser comparable a una hormiga le había podido hacer esto. Los ciudadanos rompieron su asombro, iniciando un frenético ataque. Cada luchador clavó su arma en Lemagh una y otra vez; cada mago descargó su mejor hechizo.
Lemagh, con un sonido chapoteante, fue desplomándose poco a poco a medida que sus músculos eran derretidos o desgarrados. Tan solo quedó una nauseabunda y hedionda masa verde.
Un clamor victorioso se elevó en el interior del castillo y fue escuchado hasta Banderville.
Una vez más, los dioses habían propiciado el triunfo de las razas libres de Argentum. La espada de Bhaal solo podía ser un regalo divino.
La celebración duró una semana; tras ella, como si de una resaca se tratara, una preocupación creció en cada corazón de Argentum.
"Esto no es el final. Están organizados"
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Ruspelstinski
Visitante
« Respuesta #4 : Diciembre 03, 2008, 07:50:08 »

Capítulo IV: La predicción


Era una noche lluviosa, húmeda. En el interior de la cabaña la atmósfera era agobiante. En el ambiente podían olerse cuatro tipos distintos de incienso entremezclados, formando un empalagoso aroma. Una única vela iluminaba con un tono rojizo.
El Invocador del Fuego se encontraba situado en el centro despejado de la cabaña. Varias estanterías llenas de libros y algunos armarios bajos, junto a una mesa y una silla, eran los muebles que se disponían en la estancia.
El Invocador estaba arrodillado mirando el suelo con el cuerpo doblado. Tres piedras eran el foco de su atención, formaban un triángulo invertido.
Largos surcos de sudor recorrían su cara y desaparecían a la altura del cuello bajo su túnica roja.
Estaba pasmado. Sus ojos abiertos casi se salían de las órbitas. No era posible. De hecho, era imposible. Nunca se producía dos veces la misma predicción. El futuro estaba en continua fluctuación.
Recogió las tres piedras y recorrió la habitación, agachándose en ciertos puntos y tumbándose a ras del suelo para mirar bajo armarios y estanterías. Estaba reuniendo lo que parecían ser más piedras dispersas por toda la habitación.
Mientras, su mente divagaba intentando buscar las consecuencias de una doble predicción. Esa noche había realizado su rutinario ritual de adivinación. Este ritual no era nunca preciso, no servía para desvelar un hecho futuro, debía ponerse en común con las demás predicciones del resto de invocadores del fuego. Pero esa noche había obtenido un resultado conciso, sin ninguna duda o incertidumbre. Quedó algo extrañado, pero sabía que, visto en conjunto con las demás predicciones, seguramente solo sería una pieza más del rompecabezas de la predicción.
Algo extrañado todavía, había recogido todas las piedras y depositado en un cuenco cuando éste se le escurrió, volcándose y tirando las piedras al suelo. Maldijo su pulso mirándose las manos, entre las ranuras de los dedos lo vio. De nuevo, las piedras habían formado un triángulo invertido. Tenían una runa grabada cada una. La piedra con la runa de Amón se encontraba alineada con la piedra que poseía la runa de Afrodita; en la parte inferior del triángulo se encontraba la piedra con la runa de Calipso.
Ahora se encontraba de nuevo en la posición inicial del ritual. Sujetaba el cuenco con ambas manos por encima de su cabeza, agitándolo en círculos. Solo se escuchaba el entrechocar de piedras y los latidos de su corazón.
De pronto, se detuvo bruscamente. Inclinó el tazón haciendo caer las piedras, que pasaron a escasos centímetros de sus ojos. Observó su trayectoria descendente y le pareció que tardaban años en completar su caída.
Las piedras fueron tocando una a una el suelo y nada más hacerlo salían disparadas en líneas rectas hacia todas las direcciones posibles, rebotando contra las paredes.
Todas las piedras se dispersaron desde el centro de la habitación. Todas menos tres, que nada más entrar en contacto con el suelo quedaron pegadas a él como atraídas por un imán. Eran Amón, Afrodita y Calipso; formaban un triángulo invertido frente a la atónita mirada del Invocador.
¡Tres veces la misma predicción! El invocador se precipitó hacia la estantería más cercana a la mesa. Sacó varios libros, mirándolos rápidamente y dejándolos caer sobre la mesa, donde volcaron varios de los recipientes de incienso. Por fin, tomó un volumen grueso y lo guardó en el interior de su túnica mientras se dirigía hacia la puerta de la cabaña.
Había poco tiempo. Debía hablar con sus hermanos. Algo iba a suceder y ocurriría antes de finalizar el día.
El Invocador se alejó trotando en su corcel cuando el sol amenazaba ya con romper la noche.
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Ruspelstinski
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« Respuesta #5 : Diciembre 03, 2008, 07:51:02 »

Capítulo V: Juicio final


Amroth observaba el altar situado ante él. Estaba estructurado por varios pisos rectangulares. En su parte frontal, una placa de piedra labrada ocupaba dos de los pisos, orientada casi verticalmente. En el centro de la placa, se situaba un círculo en relieve, cuyo perímetro estaba rubricado por ininteligibles runas. El último piso del altar estaba coronado por una estatua negra de un caballero de dos metros de altura que se encontraba firme en pié, sostenía una gran espada cuya punta tocaba el suelo y las manos del caballero reposaban una sobre otra en la culata del mango.
Había merecido la pena. El arduo camino hasta el Templo de las Mil Puertas, la dificultosa búsqueda del pasadizo de entrada, los diez acompañantes caídos en los laberintos del interior del templo. Para Amroth, el hallazgo del templo justificaba con creces todos los sacrificios hechos o que pudieran hacerse.
Con aire ceremonial, recorrió los cuatro pasos que le separaban del altar. Posó un dedo sobre el perímetro del círculo incrustado en la placa y fue descifrando las antiguas runas.

“El ansia de poder te hará libre”

Amroth sonrió. Era su momento. Lo que hubiera tras aquel sello le otorgaría un poder jamás imaginado por ningún mortal.
Los ojos de Amroth estaban inflamados de ambición. Aferró el sello por dos extremos y tiró de él. Se desprendió, dejando al descubierto un hueco del que emergió una luz rojiza.
El sello se convirtió en polvo sobre la palma de la mano de Amroth. Entonces, el primer piso del altar lució con el mismo resplandor rojizo que emanaba del hueco dejado por el sello. El resplandor fue propagándose en sentido ascendente, piso a piso, hasta detenerse a los pies de la estatua.
El rostro de Amroth mostraba una expresión de euforia. Su sueño estaba a punto de cumplirse.
Durante un instante el tiempo se detuvo. El altar irradiaba luz rojiza, tiñendo la estancia del tono de la sangre.
Un agujero se abrió en el pie de la estatua. Un haz de luz negra surgió de él, absorbiendo el tono rojizo de la habitación y tornándola oscura y siniestra.
La euforia de Amroth desapareció. Un miedo atroz desfiguró su expresión. Nunca había sentido un terror como el que provocaba aquel haz negro.
Surgieron más y más chorros negros procedentes de toda la superficie de la estatua hasta envolverla en una vorágine oscura.
Amroth no era dueño de su cuerpo, un instinto primal se apoderó de él: la supervivencia. No conseguía recordar cuando había comenzado a correr. Estaba convencido, no era él al que el ansia de poder le haría libre.

Averno estaba sentado sobre el altar que le había aprisionado durante siglos. Para él solo habían transcurrido unos segundos, pues su tiempo se media en unidades eternas.
Su antes petrificada piel ahora palpitaba, cubierta de escamas negras. Sus ojos refulgían como ascuas.
No le importaba en absoluto la insignificante criatura que había huido despavorida ante su presencia. Estaba tan gustoso de volver a ser libre que había decidido perdonarle la vida… por el momento.
Por fin, el dueño de las Tierras de Averno había retornado. La profecía se cumpliría.

“El día del Sol, Argentum será destruido”
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Ruspelstinski
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« Respuesta #6 : Diciembre 03, 2008, 07:52:56 »

Capítulo VI: Herejía



La joven elfa Ikastten descendía por un amplio y bello valle. Quizás en otro momento hubiera podido disfrutar de aquel paisaje, estaba sumida en pensamientos que nublaban su percepción del mundo exterior.
Su condición de iniciada en la Primera Jerarquía del Fuego implicaba, además del estudio de la fogosa rama de la magia, la realización de ciertos “encargos” por parte de las jerarquías superiores que, como en aquella ocasión, podían ser disparatados y molestos.
Ikastten acudía a verificar la predicción de un invocador de su Fuerza. Según este, enloquecido probablemente, hermano, una gran catástrofe tendría lugar antes de finalizar el día.
Nadie pudo corroborar la predicción, pero siguiendo cierta técnica adivinatoria, un nombre se desveló como portador de la catástrofe: Luzbel, el poderoso mago del Agua.
Esta pequeña duda fue suficiente para que los altos hechiceros quisieran saber más al respecto. Y allí estaba ella. Sus objetivos eran claros: localizar a Luzbel y seguir sus movimientos, mandando un mensaje telepático a la Fuerza en caso de cualquier hecho extraño.
La morada de Luzbel se encontraba en una alta torre situada en un pequeño lago, en las proximidades de Banderbill.
El camino no era especialmente duro, pero sus acompañantes la contrariaban enormemente.
Sandyx y Naixa eran dos iniciadas en la Fuerza del Agua, como anunciaban sus azules túnicas. Los altos hechiceros del Fuego habían decidido, contra todo pronóstico, compartir la información con sus homólogos de la Fuerza del Agua. Cosa que levantó quejas en ambas Fuerzas, debido a su claro antagonismo y a viejas rencillas.
Los altos hechiceros del Agua habían decidido que el asunto merecía su atención y enviaron a Sandyx y Naixa como representantes y guías.
Un sentimiento de enemistad reinaba entre ellas desde el inicio del encuentro. Las conversaciones habían sido breves e incómodas.
Sandyx tampoco entendía la decisión de sus superiores. Habían permitido que se cuestionara a un hermano de la Fuerza y, además, tenían que acompañar a uno de los fanfarrones miembros del Fuego para espiar a su propio hermano. Definitivamente, alguien de ahí arriba había perdido la cabeza.
Tras lo que a las tres hechiceras les pareció una eternidad, cuando el sol ya estaba descendiendo, llegaron a la morada de Luzbel. La torre era realmente imponente, construida a base de grandes losas grises, se elevaba hasta treinta metros.
Ikastten miró a su alrededor, buscando el lugar idóneo para ocultarse y realizar un “hechizo de escucha”. Al volver la vista hacia la torre, contempló sorprendida como las dos hechiceras del Agua se encontraban ante la entrada, Sandyx agarraba el pomo de la puerta.
- ¡Un momento! – advirtió Ikastten- ¿Qué creéis que estáis haciendo?
- ¿Entrar? – preguntó Naixa remarcando con gestos la obviedad de su acción.
- Tengo órdenes. No debemos entrar en contacto con Luzbel, debemos ser precavidas – informó molesta Ikastten.
- Es la casa de un hermano, no necesitamos precaución – siseó Sandyx lanzando una fulminante mirada a Ikastten.
Tras este corto intercambio de palabras, Sandyx, que no había soltado el pomo, lo giró y penetró en el interior de la torre con ademán de superioridad.
- ¡Oh, por favor! ¡¿Cuán más largo será el día!? – se preguntó Ikastten.

La vida de un labrador era dura pero tranquila en Argentum, pensaba un joven mientras arrancaba malas hierbas de un huerto, situado a las afueras de Nix.
En un mundo donde terribles seres acechaban en los límites de la civilización para engullir a los débiles, lo mejor era permanecer cerca de la protección de la ciudad.
El sol ya no abrasaba su piel, como horas antes, permitiendo que el joven realizara su trabajo con mayor comodidad. Aun así, hubiera deseado la sombra de un buen árbol y un buen trago de hidromiel, en vez de arrancar malas hierbas y tener seco el gaznate.
El sol se ocultó como si el joven hubiera sido escuchado. Extrañado, miró al cielo, ya que el día había sido despejado. Una tormenta para refrescarme no me vendría mal, pensó.
No pudo ver el cielo. Una enorme criatura se alzaba ante él. Una mujer con la estatura superior a tres veces un nosferatu, portaba una armadura de color gris oscuro; a un lado de la cintura apoyaba un casco entero con ayuda de su brazo, al otro, una descomunal espada colgaba orientada ligeramente hacia atrás; su faz era tosca y de color azul pálido, sus ojos refulgían amarillos, sin iris ni pupila, clavados en el joven labrador; una larga cabellera oscura caía hasta la mitad de su espalda.
El joven no pudo reaccionar. Permaneció inmóvil, orinándose encima, hasta que un gigantesco pie acabó para siempre con sus anteriores preocupaciones.

El interior de la torre era húmedo. Las pocas antorchas tan solo conseguían arrojar una tenue penumbra. No había ningún tipo de mobiliario o decoración, tan solo una escalera, construida con el mismo tipo de roca que la torre, que caracoleaba ascendiendo perdiéndose de vista. La escalera se encontraba pegada a la pared de la torre.
Sandyx y Naixa ya habían comenzado a subir e Ikastten tuvo que apretar el paso para alcanzarlas. No deseaba en absoluto ir con ellas, pero temía que algo fuera mal y la impidiera cumplir su misión, como que las hechiceras del Agua previnieran de su presencia al mago.
El sudor perlaba la cara de las tres hechiceras cuando alcanzaron el piso superior. Sandyx y Naixa accedieron directamente a una gran estancia; Ikastten decidió no subir hasta la estancia y permaneció en la escalera, fuera de la vista de quien estuviera en la habitación. La vivienda de Luzbel era alta y amplia. Grandes alfombras de distintos tipos de bestias, cubrían el suelo; el mobiliario estaba tallado en madera de roble. No menos de diez amplias estanterías contenían un incontable número de libros. La pared situada a la izquierda del final de la escalera presentaba un amplio ventanal, a través del cual, un mago azul parecía observar en pié a la lejanía, ya que tan solo podían ver su espalda.
- Maestro, soy la hermana iniciada Sandyx – anunció la hechicera en devoto respeto.
Luzbel permaneció en silencio.
- ¿Maestro? – preguntó con cierta preocupación Naixa - ¿todo va bien?
Silencio. Sandyx se acercó a Luzbel. Cuando miró a su cara para hablar mostró un gran asombro, bajó la mirada a la mitad del cuerpo del mago y soltó un alarido.
Ikastten, veloz, se precipitó al interior de la estancia, tardó unos segundos en orientarse y comprender la situación, y avanzó a largas zancadas hacia Sandyx y Luzbel, pasando cerca de la asustada Naixa.
Ikastten pudo ver como los ojos de Luzbel brillaban en un intenso amarillo. Tenía las manos a la altura del estómago y entre ellas sujetaba un viejo pergamino. Pudo ver dos runas de poder en sus esquinas superiores: Aire y Agua. No dudaba que en las esquinas inferiores se encontrarían Fuego y Tierra.
Durante cerca de un minuto, Sandyx e Ikastten permanecieron calladas, solo se escuchaban las preguntas asustadas de Naixa queriendo saber que pasaba.
- Tiene un pergamino tetraelemental – informó Ikastten sombriamente, rompiendo el silencio.
A Naixa le flojearon las piernas y cayó sentada al suelo. Sandyx acudió a ayudar y tranquilizar a su hermana.
Ikastten, con una mano temblorosa, se secó el sudor de la frente y preparó el mensaje telepático para su Fuerza.

Argon destrozaba todo a su paso. En su camino hacia Nix, arrasaba campos y granjas golpeándolos con sus pies. Sus ojos, como si de una tormenta se tratara, lanzaron rayos que hicieron arder gran parte del edificio de duelos de Nix, donde se encontraban expuestos los objetos más curiosos de Argentum.
Era milagroso que las bajas fueran tan pocas. La razón era que la mayoría de granjeros y labradores se escabullían horrorizados antes de que Argon pudiera llegar hasta ellos.
La destrucción que estaba provocando era solo posible para una diosa, como era ella. Argon era diosa de una dimensión paralela a Argentum, otro mundo llamado Kosmos. En esta dimensión, los dioses tenían un poder menor que los dioses de Argentum; en cambio, poseían las facultades de vagar por un plano con su verdadera forma y poder viajar entre dimensiones...
Argon, diosa viajera de dimensiones*, estaba llegando a Nix y tan solo cien metros separaban a Nix de ser reducida a escombros.

El grupo de hechiceras había retrocedido hasta las escaleras. Ikastten explicaba a las asustadas Sandyx y Naixa lo que debían hacer.
- Tiene un Pergamino Tetraelemental de Posesión**, ¿sabéis lo que eso significa, verdad?
Las hechiceras del Agua asintieron lentamente con la cabeza.
- Debemos romper su trance – prosiguió Ikastten – Lanzaré mi mayor hechizo, prepararos para cualquier cosa.
Ikastten se adelantó unos pasos hacia Luzbel, cerró sus celestes ojos y comenzó a meditar con un halo de luz rojiza. En un instante, el halo desapareció, Ikastten abrió los ojos y pronunció:
- Rahma N´añarak O´al
Un torrente de energía partió de Ikastten y envolvió el cuerpo de Luzbel tiñéndolo de un tono pardo. A los segundos la energía explosionó en una nube anaranjada. Las hechiceras hicieron fuerza para no ser empujadas por la onda de la explosión.
Poco a poco, fue difuminándose la nube del hechizo. En su interior, se vio a Luzbel, intocable. Solo se percibían unos pequeños hilos de humo que ascendían desde su túnica. Lentamente, fue girándose. Y las hechiceras pudieron ver que los ojos de Luzbel eran normales, excepto por el terrible odio y rabia inhumano que mostraban.

 Argot estaba confundida. Todo lo confundida que podía estar una diosa. No sabía donde estaba, como había llegado allí. Bajó la vista, contemplando su pie derecho, que acababa de aplastar una sección de lo que la parecía una muralla minúscula. Ante ella se extendía una ciudad en miniatura.
Definitivamente, no estaba en Kosmos. Podía percibir una amplia gama de colores que no abundaban en su hogar. Verde, azul, …
Sus ojos tenían ahora su color original. Negros como la oscuridad absoluta. Con ellos, observó pequeños seres que correteaban, todos alejándose de ella. Si les había causado algún temor, no había sido esa su intención.
Notaba su mente extraña, pegajosa. Ahora se arrepentía de haber apurado aquella jarra de maná durante el banquete en Mycenash.
Levantó el pie de la muralla, sacudiéndose los trozos de roca y polvo de la bota. Desenvainó su espada, cuya hoja era negra. Lanzó un suave mandoble al aire con ella y volvió a guardarla en su vaina.
Por un momento no sucedió nada. Pero en la zona donde había sido dado el mandoble, se apreciaba una fina línea.
Con el bramido de un vendaval, la fina línea se convirtió en una elipse negra rodeada por un borde blanco luminoso. Sus dimensiones eran muy semejantes a las de Argon. El rugido del aire a su alrededor era ensordecedor.
Argon lanzó un último vistazo a aquella extraña tierra y, con su cabellera azotada por el viento, atravesó la elipse. Ésta fue reduciéndose hasta hacerse un punto de luz y desaparecer.
La partida de Argon fue como el final de una tormenta. Se podría decir que llegó la tranquilidad si no fuera por la gran algarabía que presentaban los ciudadanos de Nix. Aquella noche muy pocos conciliarían el sueño.

Todavía no había anochecido, pero la gran luna de Argentum era visible a través del ventanal de la torre de Luzbel. Hecho del que no se percataron en su interior.
Luzbel escupía de rabia al hablar.
- ¡Malditas perras! – maldijo Luzbel - ¡Habéis arruinado todo, después de tanto tiempo! ¡Vais a sufrir putas de Averno!
Ikastten concentró su energía preparándose para el ataque. Pero Sandyx y Naixa estaban heladas. Parecía increíble que aquel fuera el gran maestro Luzbel, mago sabio y medido. Su rostro estaba desfigurado por una mezcla de rabia, odio y orgullo.
Ikastten apenas pudo girar el cuello para sacar a las hechiceras del Agua de su trance. Luzbel ya estaba pronunciando las terribles palabras.
- Nuclear N´añarak O´al
Una descomunal explosión envolvió a Naixa. Ikastten y Sandyx volaron por los aires 3 o 4 metros por encima del suelo hasta colisionar con la zona de la pared opuesta al ventanal.
Naixa lanzaba agónicos alaridos tirada en el suelo. Intentaba incorporarse apoyando su brazo derecho. Brazo que ya no estaba allí. Había desaparecido junto a gran parte de su costado derecho desde el hombro hasta pasada la cintura. En su lugar, una franja rojiza de masa sangrienta formada por los huesos y músculos fundidos de aquella zona de su cuerpo. Por tanto, los intentos de levantarse de Naixa solo conseguían embadurnar de sangre la alfombra de lobo polar sobre la que estaba caída.
Sandyx gritó el nombre de su compañera y se lanzó hacia ella para socorrerla, pero fue frenada en seco por un tirón de su túnica.
- ¡No vayas, debemos permanecer unidas para salvarla!  – la gritó Ikastten.
Sandyx se contuvo y focalizó su ira hacia Luzbel. Parte del odio de su cara había sido sustituido por la burla.
- Y ahora, por favor, corred a ayudar a esa moribunda piltrafa – se mofó Luzbel señalando con el dedo a la ya casi inmóvil Naixa.
Ikastten miró a Sandyx.
- ¡Protección!
Las dos hechiceras pronunciaron las mismas palabras al unísono:
- Ahap´ Encorp Sanctus
De cada hechicera emergió una esfera de energía de unos cinco metros de diámetro. La esfera de Ikastten era roja y la de Sandyx azul, las partes de ambas esferas que coincidían se tornaban de color morado.
-¡Ja! Como queráis – dijo Luzbel con los ojos muy abiertos y los labios apenas entreabiertos.
Descargó de nuevo el mismo hechizo, esta vez golpeó contra la energía que protegía a las hechiceras. Ikastten y Sandyx se esforzaron en no perder la concentración con tal impacto. La muralla seguía intacta.
Otra vez más, el hechizo fue dicho por Luzbel, con voz potente, y de nuevo impactó contra la muralla de energía. Ikastten se tambaleó y Sandyx tuvo que hincar una rodilla en el suelo. Pero resistieron, aunque las esporas se habían tornado mucho más débiles.
¡Aja! – exclamó Luzbel
Un tercer hechizó diluyó completamente la defensa de las hechiceras que se desplomaron agotadas.
¡Ya sois mías! – susurró Luzbel mientras concentraba todo su poder.
Ikastten, caída de costado, cerró los ojos y espero su final, esperó que las mortales palabras fueran pronunciadas y, por fin, sus súplicas fueron atendidas.
- Nuclear N´añarak O´al
Ikastten abrió los ojos sorprendida. Luzbel no había pronunciado aquellas palabras. La voz era femenina y le era familiar. Antes de poder buscar a la lanzadora del hechizo, vio como Luzbel era golpeado y catapultado por la explosión contra la pared. Atravesó el ventanal y cayó al vacío acompañado por una nube de cristales.
Alguien corrió hacia el ventanal. Una joven humana de pelo dorado vestida con una túnica granate, se asomaba por el agujero dejado por la colisión de Luzbel contra el ventanal.
¡Suicune! – grito alegre Ikastten.
Suicune no prestó atención. Observaba la caída de Luzbel hacia su trágico final. Percibió un movimiento a la derecha de su visión. Inexplicablemente un dragón azul surgió volando del lateral de la torre y cayó en picado hacia Luzbel. Antes de que se estampara contra el suelo, cambió de dirección y recogió a al mago sobre su lomo.
Suicune no vio a Luzbel moverse. Quien sabe, quizás estuviera muerto. En su interior una voz le decía que no tendría tanta suerte.
Ikastten había recuperado parte de sus energías y se puso en pie. Quería poder saludar y agradecerle a Suicune, alta hechicera de su Fuerza. Parecía que el mensaje telepático fue rápidamente atendido.
Un gemido hizo que desviara su atención de Suicune. Sandyx se encontraba arrodillada con la cabeza de Naixa en su regazo. Lloraba la muerte de su amiga.
Naixa estaba pálida y su cuerpo no emitía latidos ni sus pulmones inspiraban aire.
Ikastten se sentía realmente conmovida. Se acercó a Sandyx.
- Rápido, aún tenemos tiempo – susurró Ikastten.
Sandyx se aferró a sus palabras como si no hubiera otra cosa en el mundo. Ambas hechiceras se separaron del cuerpo. Ikastten alzó sus dos brazos en línea recta con las palmas orientadas hacia el suelo.
El cuerpo de Naixa centelleó con cientos de pequeñas luces que terminaron envolviéndolo. Al disiparse el hechizo, el cuerpo de Naixa seguía inmóvil. Pero estaba totalmente recompuesta y el color de su piel era el de siempre. Con lentitud, fue despertándose.
Una gran alegría invadió a Sandyx y se arrojó a levantar a su confundida compañera.
Una mano se posó en el hombro de Ikastten. Suicune la miraba orgullosa.
- Buen trabajo hermana Ikastten. No sabéis hasta que punto vuestra valentía ha salvado hoy Argentum.
- Ikastten – Sandyx la llamó.
Lágrimas asomaban en sus ojos y una expresión de gratitud sin límites afloraba en sus gestos. Sandyx abrazó a Ikastten como señal de amistad.
Intuyó que el viaje de vuelta se le haría más corto de lo que esperaba.
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Ruspelstinski
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« Respuesta #7 : Diciembre 03, 2008, 07:57:35 »

Ensayo I: Planos y dimensiones



El universo está estructurado en planos y dimensiones que se entrelazan entre si, en una complicada sucesión, en un mismo espacio. En toda ecuación, la única variable que permanece constante es el espacio, que nunca cambia.
Los "planos" son distintas capas superpuestas sobre un mismo espacio y cada uno alberga una realidad.

Los seres normales tienen vedado el paso entre planos y dimensiones, condenados a pertenecer al plano donde nacen durante toda su existencia.
Sin embargo, existen unos seres llamados "viajeros de planos", seres con la facultad de cambiar entre los planos de una misma dimensión a voluntad (como los dioses de Argentum).
En Argentum existen tres planos conocidos:

-Plano Terrenal: en este plano, las razas libres de Argentum desarrollan sus aventuras y desventuras. Es un "plano material", es decir, abunda en mayor cantidad la materia que la energía.

-Morada de los Dioses: en este plano se encuentran los dioses de Argentum. Desde aquí, los creadores del Plano Terrenal, observan el paso de siglos de historia de Argentum como si de horas se tratara. Los dioses solo pueden adoptar su verdadera forma en este plano. Es un "plano espiritual", es decir, abunda en mayor cantidad la energía que la materia.

- Tierras de Averno: plano creado por Averno, tras ser expulsado de la Morada de los Dioses y negársele la entrada por toda la eternidad. Monstruosas, terroríficas y repugnantes razas medran en este plano, desarrollando su propia historia como si de una burla del Plano Terrenal se tratara. En estas tierras mora Averno, dios del Mal, cuya expulsión de la Morada de los Dioses le condenó a no poder adoptar nunca más su verdadera forma, vagando como un "avatar". Es un plano material, es decir, abunda en mayor cantidad la materia que la energía.

Las "dimensiones" son agrupaciones de planos interconectados entre si. Son mundos paralelos entre si que, generalmente, presentan grandes diferencias entre ellos en todos los aspectos.



Tan solo unos pocos privilegiados seres pueden viajar entre dimensiones (los dioses de Kosmos entre ellos). Estos seres reciben el nombre de "viajeros de dimensiones" y pueden viajar también entre planos.
Los viajeros de dimensiones conocen muchas realidades y mundos distintos lo que les otorga una gran sabiduría y un gran sentido del orden, el equilibrio y la neutralidad; principios que tienen el deber atribuido de mantener en todo el universo.
La única manera de viajar entre planos y/o dimensiones sin tener este poder es ser invitado por un viajero, cosa muy poco frecuente.
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Ruspelstinski
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« Respuesta #8 : Diciembre 03, 2008, 07:59:05 »

Ensayo II: Magia pura o tetraelemental


En los albores de la historia de Argentum. Teseo, hijo de los dioses padres Amon y Afrodita, dios de la magia, otorgó como regalo a las razas libres de Argentum el don de la magia, para mejorar sus vidas y para usarla frente a la amenaza de las razas esclavas de Averno.
Todas las razas asimilaron este don en mayor o menor medida. Destacaron por su destreza los hobbits y gnomos, pero los humanos y elfos, se convirtieron en los grandes magos de Argentum.
La magia fue paulatinamente controlada y utilizada por sus adeptos. Las mejoras y las grandes batallas que venció, hicieron que Argentum entrara en la Era de la Magia.
A lo largo de los siglos que duró esta Era, los grandes magos fueron ocupando las posiciones de poder, adorados por el resto de la población. Se estancaron y, como el agua, se emponzoñaron. Surgieron desavenencias que se tornaron en oscuros y siniestros juegos de poder y, finalmente, desembocaron en odio, orgullo y muerte.
Los magos se dividieron en cientos de pequeñas facciones formadas por un mago y los acólitos que le seguían. Cada uno de aquellos magos ambicionaba imponer su dominio y pensamiento a los demás.
Teseo se entristeció en gran medida. Su don era tan poderoso que corrompía hasta la locura a quien lo usara durante un tiempo prolongado.
- Quizá, retirarles mi don sería lo mejor – pensó Teseo.
En ese momento, Calipso, diosa del arte de la guerra y el fragor de la batalla, se acercó a él.
- Yo tengo una solución para tu dilema – le dijo posando una mano en su hombro – Yo os amo Teseo, y se que vos sentís lo mismo por mi. Unámonos y tengamos descendencia. Otorga una parte de tu don divino a cada uno de tus hijos y éstos lo inculcarán a los mortales.
Teseo, ilusionado por la idea, aceptó.
Calipso y Teseo engendraron cuatro dioses menores: la valiente y alocada Ifrit, el sabio y estricto Titán, la audaz y dispersa Eolos y el cauto e impetuoso Poseidón.
Teseo dividió la magia en cuatro elementos y se la dio a sus hijos.
- Hijos míos. Inculcad mi nuevo don a las razas de Argentum
Así, los hijos de Calipso y Teseo fundaron las cuatro fuerzas que perviven hasta hoy. Ifrit fundó la Fuerza del Fuego, Titán la Fuerza de la Tierra, Eolos la Fuerza del Viento y Poseidón la Fuerza del Agua.
Poco a poco, la magia pura o tetraelemental (llamada así por reunir los cuatro elementos antes de su división) cayó en desuso y, con el tiempo, fue olvidada.
Los magos corrompidos se negaron a adoptar la nueva magia, que se les antojaba simplona y débil. Se convirtieron en magos renegados y fueron perseguidos por las fuerzas elementales hasta ser exterminados. Los grandes magos de la antigüedad desaparecieron en este periodo. Muchos de ellos tuvieron el tiempo suficiente para crear pergaminos donde perpetuaban sus enseñanzas. Gran número de estos pergaminos fueron destruidos pero otros se perdieron o fueron escondidos por los magos renegados.
El uso de estos pergaminos, hoy en día, está terminantemente prohibido bajo pena de muerte y las fuerzas elementales continúan la búsqueda de éstos para hacerlos desaparecer y acabar así de una vez con los últimos vestigios de la magia pura.
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Ruspelstinski
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« Respuesta #9 : Diciembre 03, 2008, 08:00:12 »

Capítulo VIII: Guerra civil. Hermanos contra hermanos



Años esperó Averno, urdiendo en las sombras sus tenebrosos planes. Finalmente, dieron sus pútridos frutos. Averno corrompió algunos de los corazones más poderosos de Argentum. Los gobernantes de Arghâl y Caosbill fueron tornándose viles y mezquinos. Sus consejeros, sirvientes secretos de Averno, fueron derramando lentamente en los gobernadores un veneno que enfermó sus almas.
El mal fue gestándose en el milenario Imperio de Argentum. Crecía como una supurante pústula, hinchándose gracias al resentimiento, el odio y las ansias de poder originados por el dios del mal, Averno, hasta que finalmente, estalló el conflicto.

Arghâl y Caosbill se declararon en rebeldía contra el Imperio. Los motivos y excusas que dieron estaban cargados de demagogia y fueron sutilmente distorsionados. Por desgracia, calaron en el pueblo.
La guerra civil de Argentum había llegado. Rápidamente, se formaron los bloques adversarios
La capital imperial de Banderbill declaró como traidoras a Arghâl y Caosbill, comenzó a movilizar su gran ejército. Ullathorpe y Ciudad Templaria secundaron a Banderbill. Estas ciudades formaron el bando leal al Imperio y fueron llamados Evangelicum.
Arghâl y Caosbill llevaban semanas preparando sus ejércitos. Por la influencia de ambas grandes ciudades, Tebas unió sus fuerzas a Arghâl y Yanhamun apoyó a Caosbill. Estas ciudades formaron el bando secesionista de los Apocalipticum.
Icebill, debido a su aislamiento, solo tuvo noticias de la guerra tras finalizar. La cosmopolita ciudad de Nix decidió permanecer al margen del conflicto pero permitió el desembarco en sus puertos de las tropas Apocalipticum.
El ataque sorprendió a los Evangelicum, que se encontraban en plena organización de sus fuerzas. Los generales Kzaptz y Chucky, junto a sus hordas Apocalipticum, emergieron del bosque de Dorck, arrasando el destacamento Evangelicum en Ullathorpe y tomando la ciudad con pasmosa rapidez.
La noticia llegó a Banderbill, donde el general Sanyo ultimaba los preparativos del ejército Evangelicum. La situación era delicada. Un tercio de las tropas imperiales habían caído en Ullathorpe. Además, Ciudad Templaria tenía su apoyo a días de distancia de Banderbill.
Sanyo contaba con el ejército imperial y el ejército de Banderbill, dirigido por su gobernador. Las fuerzas Apocalipticum y Evangelicum estaban muy igualadas.
Los Apocalipticum avanzaban hacia el norte desde Ullathorpe, su objetivo era la capital imperial de Banderbill. Sanyo decidió que no debía esperar. Marchó con sus ejércitos dispuesto a erradicar a los secesionistas. Una estrategia magistral había sido diseñada por el general. La mitad del ejército avanzaría por el bosque, presidido por Sanyo, y atacaría de frente a los Apocalipticum, concentrando su atención. Entonces, el gobernador de Banderbill atacaría con la otra mitad de las fuerzas por sorpresa, cobijándose en la espesura, rompiendo el flanco Apocalipticum.
- Recuerda. Mi señal será una flecha de fuego – indicó Sanyo al gobernador desde su montura. Espoleando su corcel se situó al frente de sus hombres.
La colisión de ambos ejércitos resonó por todo el bosque. La sangre regó la hierba y los cadáveres fueron amontonándose en la línea de frente.
Lentamente, el ejército Evangelicum tuvo que retroceder. Sanyo ordenó dar la señal.
El gobernador observó la flecha luminosa atravesar el cielo vespertino desde un claro del bosque. Ensombreció el rostro y ordenó a sus tropas retornar a Banderbill.
El apoyo no llegó, el frente Evangelicum se rompió; las hordas Apocalipticum masacraron a los desorganizados soldados imperiales. Kzaptz y Chucky destripaban a todos los soldados de su alrededor con cada mandoble de sus negras espadas. Sus armaduras estaban embadurnadas en sangre y salpicadas por trozos de órganos internos.
Muchos Evangelicum huían aterrorizados, pero Sanyo no era uno de ellos. Cien enemigos habían caído frente a él y a cada uno de ellos le habían sustituido tres soldados más. Cuando sus fuerzas comenzaron a flaquear, tuvo que retroceder, agitando su espada en círculos segó muchas vidas más. Sanyo sabía que el apoyo nunca llegaría.

Los Apocalipticum triunfaron. Todos los prisioneros y heridos Evangelicum fueron ajusticiados. Sus cuerpos empalados se pudrieron bajo el dosel del bosque, sirviendo de festín a los cuervos de la zona.
Sanyo consiguió escapar junto a su guardia personal. Tomó un barco en la costa este en dirección a Ciudad Templaria.
En Banderbill, el gobernador retenía al emperador en sus aposentos. Kzaptz abrió las puertas del dormitorio de una fuerte patada. Su armadura estaba llena de sangre reseca. El emperador se levantó sobresaltado de su silla y retrocedió hacia una ventana cercana. Kzaptz avanzó desenvainando su espada.
- Saludos emperador. Es hora de abdicar.
Atravesó el pecho del emperador destrozando su corazón. Observó durante unos segundos el rostro agónico del anciano, situado a unos pocos centímetros de su propia cara. Con la ayuda de su pié liberó su hoja del cuerpo con tal fuerza que lanzó al emperador contra la ventana, atravesándola y cayendo desde quince metros de altura hasta estamparse con un ruido sordo contra los adoquines de la calle.
Kzaptz observó por el hueco de la ventana.
- Dura caída. Por desgracia, el bastardo ya estaba muerto.
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Ruspelstinski
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« Respuesta #10 : Mayo 21, 2009, 02:23:16 »

Capítulo IX: El retorno de la Oscuridad


De entre toda la inestabilidad e incertidumbre en Argentum, surgieron dos luceros en medio de la oscuridad, atrayendo la atención de grandes héroes.
No eran conocidos, nadie sabia sus nombres, pero se ganaron el respeto de muchos aventureros.
Estos dos forasteros peregrinaron por las tierras de Argentum. Siempre iban juntos a pesar de que sus razas no eran nada parejas. Ella era una elfa oscura de mirada penetrante y de belleza fría e insuperable. Él era un severo cíclope cuyo único ojo mostraba gran sabiduría y determinación.
Formaron un gran ejército de todas las tierras de Argentum, algo que parecía impensable. Habitantes de Ullathorpe convivieron y compartieron las mismas metas que habitantes de Arghâl. Uno a uno fueron reclutados. Los forasteros les hablaban de la amenaza que se cernía sobre todas las razas libres, amenaza que no podría evitar ni el más cruel ni el más compasivo, ni el más malvado ni el más bondadoso, ni el más traicionero ni el más honorable. Todos estaban unidos por aquella desgracia. Quinientos de los más conocidos luchadores y hechiceros fueron reunidos bajo el mando de los desconocidos. Todos ellos fueron convencidos para emprender un viaje y una batalla poco menos que suicida.

Kimimaro se alzaba sobre el cuello de un nosferatu que se hallaba tendido bocabajo en el suelo. Con gran satisfacción y un grito de victoria, clavó su larga espada hasta la empuñadura, dejándose caer por un lateral del monstruoso cuello. Un gran tajo medio seccionó la cabeza de la criatura, grandes borbotones de color azul cieno manaron de la herida.
- ¡Vaya! Hueles peor por dentro que por fuera – se jactó Kimimaro ante su agonizante rival.
Miró a su alrededor. Estaban venciendo. Los nosferatus cedían levemente terreno hacia el interior de su fortaleza.
Kimimaro se asombraba todavía de la velocidad con la que se habían precipitado los últimos acontecimientos de su vida.
 
Dos semanas antes, Kimimaro se encontraba realizando una misión de sabotaje en una mina perteneciente a la República de Nix. En calidad de Teniente del ejército de Caosbill, dirigía a un pequeño grupo de cuatro hombres de inmejorable preparación. Estas empresas, respondían a las pretensiones de ambas ciudades por las fructíferas minas situadas en los bosques que separaban ambos territorios.
Sus hombres entraron en primer lugar en la gruta para asegurar el camino, cobijándose en la oscuridad de la noche. Un sonido semejante al ulular de un búho indicó a Kimimaro que podía entrar. Cuando se encontraba a tres metros del umbral de la cueva, una figura surgió del interior.
Una elfa le cortaba el paso. Los muchos años de preparación militar de Kimimaro le permitieron reaccionar con soltura. En carrera, se agacho sobre sus rodillas y se impulsó hacia delante, con un ángulo que provocaba que ascendiera ligeramente durante el trayecto. Un brazo extendido portaba una curva daga cuyo objetivo era el corazón del rival. Cuando la daga golpeó contra el cuerpo de la elfa, se arrugó como si estuviera hecha de papiro. Kimimaro cayó desequilibrado por la oposición encontrada, sabia que era su final y permaneció sobre su hincada rodilla mirando los brillantes ojos de la elfa. Dejó el cuello al descubierto como reconocimiento de su derrota y dispuesto a recibir el golpe mortal.
- Kimimaro. Eres necesario y Argentum te reclama.
La elfa tomó la barbilla de Kimimaro y volvió a situar su doblado cuello en posición vertical.
- Ven, sígueme. Te explicaré.
Kimimaro la siguió. Sin pensarlo dos veces, como hechizado, pasó a formar parte del ejército que se estaba formando. Durante unos días permanecieron acampados, entrenándose duramente. Hasta que llegó el momento de partir.
El cíclope observaba a todo el ejército. Habló con una voz penetrante.
- Los elegidos habéis sido reunidos. Vais a viajar donde ningún mortal ha estado nunca. Vais a presenciar horrores que vuestra mente no puede ni imaginar. Pero todo lo que vais a vivir, tiene un motivo, un fin. Todo el sufrimiento será para impartir justicia y tomaros vuestra merecida venganza. ¡Zrag debe morir, su imperio será destruido! ¡Gritad conmigo razas libres! ¡Por Argentum!
Los héroes contestaron al unísono. ¡Por Argentum!
La elfa estaba situada junto a su compañero cíclope. De entre sus túnicas, sacó un espejo circular, cuyo marco era plateado. Con grácil gesto, arrojó el espejo lejos de ella. Contra todo pronóstico, el espejo no golpeó contra el suelo, quedó suspendido en el aire a un metro de la superficie. Su cristal comenzó a brillar con una extraña luz marrón oscura, con vetas de tonos rojizos. El marco del espejo se partió, la superficie brillante creció hasta medir algo más de dos metros.
La elfa y el cíclope ocultaron su cabeza con la capucha de sus túnicas. El cíclope alzó su hacha de guerra.
- ¡Partamos! – ordenó.
Temerosos, uno a uno, los soldados fueron atravesando el extraño “portal”, siendo transportados a un desconcertante mundo. El cielo poseía una tonalidad púrpura, mortecina, que arrojaba una atmósfera siniestra. El terreno que pisaban era arena fina y amarilla, como si de azufre se tratara.
La elfa se dirigió a su desconcertado ejército.
- Mal venidos a las Tierras de Averno.

En la fortaleza nosferatu, el caudillo Zrag se encontraba arrodillado ante su propio trono, deseando que acabara aquella humillante situación.
Durante dos siglos había gobernado aquellas tierras, pero su reinado acababa de finalizar, su lord y señor había vuelto.
La zona del trono estaba sumida en la oscuridad, una voz surgió de aquella negrura. Aquella voz no podía ser de un ser vivo, portaba el terror con ella.
- El ridículo ejército de las razas libres está por llegar. Espero que todo fuera preparado como ordené.
- Sin dudarlo mi lord. Todo ha sido dispuesto minuciosamente – contestó incómodo Zrag.
- Todos deben morir. Haz que tus hordas cumplan bien mis órdenes pues tu vida está en ello.
Zrag inclinó la cabeza. Por primera vez en su vida sintió miedo.
- Al mando del ejército se encuentran una elfa oscura y un cíclope – prosiguió la voz – Les reconocerás, su poder los destacará en la batalla. Que nadie se acerque a ellos. Son míos. Puedes retirarte.
- Como ordenéis mi señor.
Zrag se incorporó y salió de la estancia maldiciendo su destino. Sin mediar palabra, destrozó contra la pared la cabeza del esclavo que le esperaba fuera.

Ocho nosferatu y su rey se refugiaban en el interior del gran recibidor de la fortaleza. Al otro lado de la inmensa puerta, cerca de 300 de sus enemigos golpeaban con dureza pujando por entrar.
Zrag observaba la temblorosa puerta con su ojo sano. Una elfa oscura le dejó tuerto durante la batalla. El rey nosferatu deseaba cobrarse aquella afrenta con creces.
La capacidad de razonamiento no ha sido nunca muy desarrollada en la raza nosferatu. Si así fuera, probablemente, todos hubieran huido. En cambio, esperaron hasta que la puerta saltó de sus goznes y creó un gran estruendo al golpear el suelo del interior de la fortaleza.

Hobbiton penetró en la fortaleza junto a sus compañeros. Varios nosferatu avanzaron hacia ellos. Los héroes se dividieron para enfrentarse a todos los nosferatu.
Hobbiton formuló un hechizo que amputó la pierna del nosferatu más cercano. Éste saltó sobre su única pierna intentando conservar el equilibrio. Otro hechizo de su compañero Ale arrancó la otra pierna. Rápidamente, Piezas remató al desmembrado monstruo.
Hobbiton observó la batalla, ya sólo tres nosferatu luchaban alrededor de su rey. La victoria estaba cerca. Éste increíble acto solo era posible gracias a los líderes que los dirigían. El cíclope y la elfa oscura habían acabado entre ambos con una decena de nosferatu. Ahora luchaban bravamente avanzando hacia el rey nosferatu.

Zrag no luchaba. Todo el clamor del enfrentamiento a su alrededor no lo distraía de su único objetivo. Desde su entrada, la elfa era observada por Zrag y, por fin, estaba a su alcance.
La líder de sus enemigos extraía su espada de la frente de un nosferatu derribado. Zrag avanzó, agarró a la elfa oscura con sus garras y la introdujo en su boca, engulléndola sin masticar.
Un gran silencio cayó sobre la estancia. Ambos bandos dejaron de luchar, observando al rey nosferatu. Los héroes sufrieron un duro golpe moral.
Zrag miró a su alrededor con gran satisfacción y emitió un bramido de triunfo que, lentamente, fue transformándose en un grito de dolor. La piel de la zona del estómago del monstruo comenzaba a deshacerse. Zrag se disolvió entre alaridos hasta solo quedar un charco del viejo rey. En el centro del putrefacto líquido se encontraba la elfa oscura. No tenía un solo arañazo, ni siquiera se manchó de la viscosa sustancia que antes había sido el cuerpo de Zrag. Irradiaba un aura blanca.
Con su líder caído, los tres nosferatu restantes huyeron por los pasillos de la fortaleza.
Unos lentos pasos resonaron por el pasillo central de la sala. Cada paso inundaba el corazón de miedo y desesperación. Los héroes retrocedieron.
Averno surgió del oscuro pasillo emitiendo una escalofriante carcajada que hizo temblar hasta al héroe más valiente.
- Estúpido Zrag. Lamentables nosferatu. Raza decadente.
Averno se situó a unos pasos de los héroes.
- Vosotros os habéis ganado el derecho a suplantarlos, vosotros tendréis el privilegio de servirme. Con vuestros actos, habéis demostrado vuestra fuerza. Sed mi ejército y esa fuerza se incrementará hasta lo inimaginable.
Muchos se sintieron tentados a aceptar, la voz de Averno se tornó extremamente persuasiva, irresistible, cargada de razón. Los líderes héroes se adelantaron hacia Averno.
- Eso no será posible Averno – dijo el cíclope – Cuando terminemos contigo no necesitarás ejército.
- ¡Que honor! – exclamó Averno – El mismísimo Lugus se atreve a amenazarme. Eras débil cuando abandoné la Morada de los Dioses pero, ahora, también eres irrisorio.
Averno miró hacia la elfa oscura. Y realizó una burla de reverencia.
- Calipso. Tu caso es peor, si cabe. ¿Cómo dejaste que Teseo te utilizara como hacedora de pequeños “diosecillos”? Te tenía mejor considerada.
Los héroes presente no cabían en si de sorpresa. Su grupo había sido liderado por dos de los antiguos dioses de Argentum.
- Déjalo. Sabes que tus palabras no podrán hacer mella en nosotros – dijo Calipso – Venimos para finalizar lo que una vez empezamos.
- Bien. Venid a mi – Averno desenvainó su descomunal espada.
Calipso aferró con ambas manos una larga lanza y Lugus levanto su hacha de guerra. Ambos saltaron sobre Averno.
Calipso y Lugus atacaban a la vez, con una perfecta sincronización, pero Averno era muy poderoso y su guardia no tenía fallos. El ejército de héroes observó estupefacto lo que era la mayor lucha de la historia de Argentum, como espectadores en vivo de la historia.
Averno comenzó retrocediendo terreno pero, con el transcurso del combate, consiguió arrinconar a sus rivales en una esquina de la estancia. Algo extraño sucedió, Averno bajó por un segundo la guardia, el tiempo suficiente para que Calipso realizara una pirueta horizontal, levantando ambos pies del suelo y clavando su lanza en el pecho de Averno.
El Lord Oscuro retrocedió llevándose las garras a la lanza y realizando gestos más propios de un humano malherido que de un dios. Estalló en carcajadas.
- La interpretación nunca fue de mi interés – se burló.
Irguió su cuerpo y extendió sus brazos con las palmas de sus garras hacia el techo. Un pequeño haz de humo negro azabache manaba por su herida. El humo cayó al suelo y se extendió a gran velocidad por toda la estancia cubriéndola hasta el techo.
Sólo se escuchaban toses y gemidos en la oscuridad.
Lugus y Calipso podían ver a través del humo. Observaban a sus tropas retorcerse en el suelo. Cuando miraron hacia Averno ya no estaba. Ayudaron a salir de la fortaleza a sus héroes.

Los supervivientes de la batalla se encontraban tendidos sobre el polvo amarillo, fuera de la fortaleza nosferatu.
El oscuro humo había creado extraños efectos sobre los héroes: algunos habían muerto a los pocos instantes de respirarlo; otros tuvieron un terrible ataque de tos pero se habían recuperado, aunque su piel había palidecido; unos pocos no sintieron efecto alguno.
Hobbiton siempre recordaría la marcha de vuelta a su hogar como el paseo triunfal más triste que viviría. Un terrible pesar les acompañaba. Pero ninguno imaginaba que algo más se ocultaba entre ellos, dispuesto a invadir Argentum.

Lugus y Calipso no fueron conscientes de su error hasta que regresaron a la Morada de los Dioses, donde recuperaron su omnipresencia.
Los héroes que trajeron de vuelta a Argentum portaban con ellos la simiente del quinto elemento: la Oscuridad. Todo Argentum corría un gran peligro.
Acudieron raudos a la presencia de Amon, frente al cual se arrodillaron. Contaron lo sucedido, mostrándose terriblemente afectados por el gran error cometido.
Amon habló. Su voz era indescriptible. Portaba toda la fuerza primigenia de la creación del mundo y transmitía toda sensación bondadosa que pudiera sentir un ser.
- Vuestra no es la Oscuridad. Este hecho solo tiene un culpable. Duros tiempos se avecinan para nuestras queridas Razas Libres.
Dicho esto posó una mano sobre la cabeza de cada uno de los dioses.
- Levantaros hijos míos. Nuestro cometido será arduo y requiere que seamos prestos.

En las profundidades de su fortaleza, Averno reía sin término. Durante meses celebró su victoria. Incluso los seres de mayor maldad de sus tierras huyeron a kilómetros de la morada de Averno, asustados por la energía que éste desprendía.
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Ruspelstinski
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« Respuesta #11 : Mayo 21, 2009, 02:24:35 »

Capítulo X: El Clan caído


Una importante reunión se llevaba a cabo en la Sala Real del Palacio del Clan Usual.
La sala era amplia, iluminada en la noche por la tenue luz de múltiples velas repartidas por toda la estancia.
Un gran portón de madera y hierro forjado precintaba la sala. Al otro extremo, un trono dorado con tapicería roja se elevaba sobre siete escalones.
En los laterales, grandes columnas de mármol surgían del suelo para incrustarse en la alta bóveda de la sala. Una pequeña figura descansaba sentada en el trono, cabizbaja; un gran sombrero de punta alta carmesí, de ala ancha, cubría su rostro; vestía túnica granate. Al lado del trono, en pie, se encontraban un joven y apuesto hechicero del fuego con su túnica roja y una bella aprendiz del fuego con cabello rojo intenso y túnica de color rosa. Ambos hechiceros poseían rasgos que denotaban al observador una posible relación familiar.
Escalera abajo del trono, se encontraban, junto al primer peldaño, un bardo de rasgos aguerridos equipado con armadura de mallas negra, al cuál le faltaba un brazo, y un tercer hechicero del fuego de roja túnica y mirada firme. Ambos observaban la figura sentada en el trono.
Por último, apoyado, con los brazos entrecruzados, en una de las columnas más cercana al primer peldaño, un caballero de armadura de placas negra, con una capa del mismo color colgando desde sus hombros y casco gris oscuro con forma de cabeza de dragón, observaba el suelo. Un largo arco estaba sujeto a su espalda.
El bardo rompió el silencio.
- Rus, Señor – dijo Arkoz con respeto - ¿Cómo nos hacéis llamar a estas horas de la noche? ¿Acaso alguna desgracia se nos avecina?
Todos esperaron la respuesta de Ruspelstinski. Éste alzó una mano y con un movimiento de atrás hacia delante, dijo:
- Jack
De entre las sombras tras el trono, un enano, cubierto por una capa oscura, emergió.
- He regresado de la misión que me llevó al palacio Azeroth – tras una breve pausa, añadió – El momento ha llegado. Cece dirige un ataque contra el Castillo Oeste para llevar a cabo su conquista. Atacarán con la primera luz del alba.
El hechicero del fuego Martinx, situado junto a Arkoz, habló.
- Pero, Señor, Ísako y Xardas todavía no volvieron de su campaña en Banderbill. No somos suficientes.
- ¿Qué opináis vos Amelio? – dijo Ruspelstinski.
- Es cierto que nuestras fuerzas no son completas pero, por otra parte, puede que la ocasión tarde mucho en repetirse.
- ¿Puedo hablar, Rus? – preguntó la aprendiz del fuego.
Ruspelstinski alzó la mirada hacia Adara, mostrando un jovial rostro que no parecía acorde con su mirada, que irradiaba la experiencia acumulada a través de décadas.
- Por favor, Adara, hablad.
- Sugiero que nos presentemos antes del ataque. Cuando sus fuerzas estén mermadas comenzaremos la ofensiva.
Sólo quedaba alguien por opinar. Todas las miradas se encontraban en el caballero apoyado en la columna. Con una voz potente y profunda, sin levantar la vista del suelo, Terrum habló.
- Matémosles. Matémosles a todos.

Martinx, Arkoz, Adara, Terrum, Amelio y Ruspelstinski, esperaban ocultos tras el espesor del bosque. Todo era teñido por el rosado amanecer.
Las tropas Azeroth estaban llevando a cabo su ataque. Ruspelstinski esperó un tiempo prudencial y realizó la señal de iniciar la ofensiva.
El grupo corrió hacia el ancho puente que cruzaba el insondable foso del castillo, hasta el portón abierto. Se detuvieron.
- ¡Es Hanibal! – gruñó Amelio.
Al otro lado del puente, un alto caballero con armadura gris y casco azul celeste, observaba al grupo con inquietante expectación. Una capa roja cubria su cuerpo.
Terrum se adelantó caminando hacia Hanibal, lentamente.
- Esto es cosa mia – dijo tranquilo.
Hanibal también avanzó hacia el centro del puente. Al estar ambos contrincantes a diez pasos, se detuvieron. Ambos se desprendieron de sus respectivas capas.
El resto de los Usual corrió hacia el castillo, cruzando el puente. Hanibal no hizo nada por detenerlos.
- ¡Oh!, no sabéis cuanto esperé este momento Lord Terrum, mis mayores deseos se ven cumplidos – fanfarroneó Hanibal, desenvainando su espada bastarda.
- ¿Ansías tanto la muerte? – preguntó Terrum descolgando su arco, cuyos extremos acababan en afiladas hojas.
Tras unos segundos de silencio, Hanibal inició la carga contra Terrum. Éste, siguiendo el movimiento de Hanibal, clavó dos flechas en sus gruesas botas de cuero, no evitando la carrera con ello. El mandoble de Hanibal fue cotrarrestado por el arco de Terrum y sus armas entrechocaron con un ruido metálico y chirriante.

En el patio de armas del castillo, los cadáveres de varias decenas de soldados teñían sus proximidades de rojo.
Arkoz alzó a un soldado moribundo, con una gran herida en la zona abdominal, agarrando el cuello de sus vestimentas. El soldado debía estar sufriendo un intenso dolor, pues tardó unos momentos en percatarse de la presencia de Arkoz. Éste tuvo que zarandearlo.
- ¡¿Quieres una muerte rápida, traidor?! ¡Dime donde está tu señor!
- Bastión… - pudo susurrar al fin el soldado.
Un estruendo resonó en el patio. La puerta de acceso al torreón noreste había sido abierta. Un puñado de soldados avanzaban bramando hacia los Usual.
Arkoz remató al soldado malherido y gritó:
- ¡Martinx démosles lo que vinieron a buscar!
Martinx comenzó la preparación de un hechizo.
- Mi señor – dijo- Id por ese vil traidor.
Ruspelstinski asintió.
- Amelio, Adara. Seguidme.
Los tres hechiceros del fuego se encaminaron hacia el bastión central del castillo. Mientras, Arkoz ensartaba con su único brazo a un soldado; Martinx emanó un haz de luz por las palmas de sus manos.

La espada de Hanibal golpeó una vez más la sólida piedra del puente. Terrum, una vez más, fue demasiado rápido, situándose tras el a una distancia prudencial de Hanibal. Con una velocidad pasmosa, Terrum lanzó tres flechas consecutivas contra el caballero de Azeroth. Hanibal rechazó dos de ellas con la espada pero una tercera se hundió en su muslo izquierdo, no cubierto completamente por su armadura. No hubo queja, de un salto alcanzó a Terrum. Su espada se hundió en la junta de la armadura, entre el hombro y la placa pectoral izquierda, atravesando el brazo de Terrum. El arco cayó al suelo.
Con su brazo herido ya no podría seguir usando su arma; debía pensar rápido. Hanibal mantenía su espada incrustada en Terrum. Un chorro de sangre caía de la hoja, formando un charco en los adoquines del puente.
- Y hasta aquí las grandes gestas del “todo poderoso” Terrum – se mofó Hanibal – Respóndeme a una pregunta, ¿cómo…
Terrum aferró con su mano derecha el casco de Hanibal, mientras hablaba, por la apertura rectangular usada para ver. Con un prodigioso esfuerzo, arrastró el pesado cuerpo de Hanibal hasta un lateral del puente, en donde lo arrojó al profundo foso.
Hanibal tan solo lanzó un gruñido cuando se percató de la maniobra. Al caer del puente, la espada fue arrancada del hombro de Terrum y acompañó a su dueño a lo desconocido. El cuerpo del caballero desapareció en la oscuridad y, tras unos segundos, se escuchó el sonido de un fuerte impacto contra agua.
Terrum, cubriéndose el hombro herido, observaba el foso. Dudó que Hanibal hubiera muerto y se juró que la próxima vez sería la definitiva.

En el interior del bastión del castillo, Cece mesaba su cenicienta barba, observando el cadáver del general defensor.
Una voz tras él rompió sus pensamientos.
- ¡Vuélvete ante mi presencia sucio traidor! Prepárate para volver al seno de Averno.
- ¡Rus! – aparentó alegrarse Cece mientras giraba sobre si mismo; abría los brazos mientras observaba el techo – elegiste un buen momento para presentarte, así podré mostrarte mis nuevas posesiones.
Cece encontró a Ruspelstinski, Amelio y Adara.
- ¡Tan solo necesitamos que nos muestres el final de tus días, Cece! – amenazó Adara con valentía.
Cece rompió a reír siniestramente, cesando abruptamente para, con odio en sus rasgos, lanzar un torrente de rayos contra Adara. Su cuerpo voló hasta chocar contra una de las paredes de la estancia, cayó al suelo y permaneció inmóvil.
Amelio y Ruspelstinski observaban, con desencajado rostro, el humeante cuerpo de Adara bocabajo.
Ruspelstinski, con pesada lentitud, giró su cuello hasta, con su mirada, encontrar los despiadados ojos de Cece.
- ¿No enseñáis a vuestros aprendices que no se debe hablar cuando sus mayores discuten? – se burló Cece.
La ira fue inundando los ojos de Ruspelstinski.
- Rus… - despertó Amelio de su estupor, añadió susurrando – Propongo que ataquemos a la vez, yo entraré por su…
- ¡No! ¡Yo ataco ya! – interrumpió Ruspelstinski.
Recorrió la distancia con Cece corriendo, mientras su báculo refulgía de una azul luminiscencia. Descargó tres golpes contra Cece. Éste detuvo todos, cada uno le hizo retroceder varios pasos.
Cece rotó su báculo golpeando la nariz de Ruspelstinski, desequilibrándole. El bastón de Cece brilló rojo y golpeó, en un movimiento ascendente, el rostro del mago gnomo por debajo de su barbilla. Ruspelstinski cayó con un ruido sordo; quedó sin sentido, de una comisura de sus labios brotó un hilo de sangre que surcó su mejilla.
- ¡No! – gritó Amelio.
Su gran sigilo le permitió situarse tras Cece sin ser visto, pero su grito alertó a Cece, que agachó la cabeza en el preciso instante en que el báculo de Amelio, con luz verdosa, descargaba un golpe horizontal. Cece rotó golpeando duramente el estómago de Amelio. El impacto desplazó por el aire al hechicero del fuego, al impactar con el suelo fue resbalando hasta chocar con la pata de una larga mesa.
Cece se irguió y avanzó hacia Ruspelstinski. Se arrodilló sobre Ruspelstinski. Sonreía con la boca abierta, con sus rasgos desencajados, mezcla de triunfo, crueldad y malicia. Alzó su mano izquierda.
- ¡Si! ¡Te atravesaré tu corazón con mis propias manos!
La mano de Cece comenzó a arder. Se levantó profiriendo alaridos de dolor y maldiciones. Levemente incorporada y apoyándose sobre un brazo, Adara había conseguido reunir las fuerzas suficientes para ayudar a Ruspelstinski, tras ello se desplomó sin sentido.
Era la oportunidad de Amelio. El poderoso hechizo que lanzó, estalló en la zona donde Cece estaba arrodillado farfullando improperios mientras miraba el muñón dejado por su desaparecida mano. La estancia se cubrió de polvo tras la gran detonación, la pared más próxima se vino abajo.
Al aposentarse el polvo, tan solo Adara, Ruspelstinski y Amelio se encontraban en el bastión.

El grupo de Usual se alejaba del Castillo Oeste.
Arkoz y Martinx caminaban junto a Amelio, que portaba en sus brazos a su hermana herida. Terrum, algo rezagado, vigilaba la retaguardia; en lugar de su hombrera izquierda, unos jirones de tela envolvían su hombro.
- No entiendo como Rus ha podido irse, todavía no estaba del todo repuesto del combate. ¿Dónde fue? Esto no me gusta. – se quejaba Martinx.
- Cuando comprobamos que el cuerpo de Cece no aparecía, le dije a Rus que mío era el fracaso. Me pidió que le ayudara a incorporarse. Le traté de impedir que se fuera, pero me dijo que no estaba todo perdido. Luego se internó en el bosque – hizo una pausa, miró el rostro de Adara – Dijo que acudiéramos raudos a que Adara fuera atendida.
- ¿Sobrevivirá? – preguntó Arkoz con la mayor delicadeza que pudo.
- Si – dijo Amelio – Tiene un espíritu fuerte.
El camino hasta el Palacio del Clan Usual, transcurrió sin problemas.

Cece recorrió el camino hasta su palacio cojeando, sin su báculo y sin su mano izquierda. A poco de finalizar su penosa marcha, a las afueras de su palacio, dio con un soldado que hacia la ronda de vigilancia.
- ¡Chico! Ayuda a tu señor – ordenó Cece.
El soldado aparentó querer huir corriendo cuando reconoció a Cece. Finalmente, sin contestar, avanzó hacia su señor, con pie inseguro, alzando su espada.
Cece, con gran sorpresa, inmovilizó al soldado.
- ¡¿Cómo osas, estúpido mosquito?! – bramó Cece.
- ¡Yo no quería, mi señor! ¡Pero si no lo hacía me mataría! ¡Leroy lo ordenó! – articulaba terriblemente nervioso el inmóvil soldado.
Cece meditó, comprendió.
- ¡Debéis exiliaros, conservad la vida! – propuso el soldado con convicción.
- Cierto… - se mesó la barba Cece con prepotencia – Así conservaré mi vida, no como vos.
Cece posó su única mano sobre el pecho, en donde el corazón del soldado latía. Un rayo de fuego atravesó su cuerpo. Al perder la vida, el hechizo inmovilizador se disolvió y su cuerpo se desplomó.
Cece suspiró, masajeó ambas sienes con su mano, eligió una dirección y partió para no volver a ser visto en mucho tiempo.

Leroy  hablaba a sus soldados desde el alto Balcón Real, se encontraba realmente exaltado. Su voz era chirriante y mezquina. Su apariencia no lo era menos. Su cabello era oscuro, ralo y largo, cayendo varios mechones aceitosos por su rostro huesudo. Poseía una afilada nariz y unos ojos pequeños. Vestía una túnica de un color verde apagado.
- ¡Y con Cece desaparecido y muy posiblemente muerto, yo asumo el control del clan! ¡Este clan tendrá un verdadero y poderoso líder! ¡Y todo Argentum se arrodillará ante nuestros pies! ¡Larga vida Azeroth!
- ¡Larga vida Azeroth! – contestaron las tropas al unísono.
Algo extraño sucedió. Leroy abría y cerraba la boca, como queriendo decir algo, pero su garganta no emitía sonido. Además movía sus brazos espasmódicamente.
Por la traquea de Leroy emergió la hoja de una daga. Al desaparecer el afilado acero, Leroy emitió un gorgojeo y cayó sobre a barandilla, derramando un gran chorro de sangre continuo que caía desde el balcón al suelo.
Alguien se acercó a su oído.
- Larga vida a Azeroth – le susurró una voz.
Leroy, cuya mente comenzaba a nublarse, creyó conocer aquella voz pero no podía pensar con claridad. Pudo apreciar el rostro semioculto de su asesino que, aferrándole de las piernas, lo arrojó por el balcón. Sus labios sonreían con un controlado placer. Una de sus comisuras tenía sangre.
- ¡Ha venido a alimentarse de mi sangre! – deliró Leroy para si, cerca de la inconsciencia.
Entonces, la oscuridad se cernió sobre él.

Los guardias buscaron durante mucho tiempo en las dependencias reales. Nadie encontró rastro alguno del asesino. Al suspender la búsqueda, las decenas de altos oficiales del clan comenzaron a discutir sobre los derechos de cada cual al trono del Clan. Las muertes no tardaron en llegar.
Azeroth, descabezado de sus líderes carismáticos, no tardo en caer. Muchos de sus miembros acabaron como esclavos de otros clanes, tuvieron suerte pues muchos más acabaron muertos.
Con el tiempo, como muchos otros clanes en el pasado, Azeroth cayó en el olvido.
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