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Autor Tema: Capítulo I. ¿Es el fin?  (Leído 1103 veces)
Ruspelstinski
Visitante
« : Octubre 26, 2009, 05:33:25 »

Capítulo I. ¿Es el fin?


Aquel día, la luz del sol llegaba a jirones grises tras las nubes plomizas. Los grajos levantaban el vuelo cuando el viento agitaba las ramas de los viejos sauces.
Nix estaba en silencio… en un silencio como nunca había estado. Sus calles antaño abarrotadas ahora se encontraban solitarias, tan solo las sombras y las gotas de lluvia hacían acto de presencia aquel día.
En el puerto, las aguas se agitaban pesarosamente. El mar no pretendía desentonar con su entorno y, por tanto, lucía un color gris oscuro. Lamía lastimosamente los tablones del embarcadero, como queriendo limpiar unas heridas que ya no tenían cura.
El viento ululaba entre los bancos del septo de la Iglesia. Este lugar presenció miles de bodas en un pasado; días alegres de risas y celebración; días de aromas y sabores; días de esperanza y felicidad…
El banco se hallaba solitario. Sus puertas habían sido arrancadas y los huecos asemejaban grandes bocas que intentaban lanzar un quejido sin unas cuerdas bocales que lo articularan. En el interior, los adoquines estaban cubiertos de polvo y las pareces rezumaban humedad, en algunos sitios podía apreciarse la aparición de moho.
Las tiendas tenían sus puertas y ventanas bloqueadas por maderos que habían sido clavados. En su interior, los pequeños ruidos de los ratones realizando su vida cotidiana sustituían a la charla de los tenderos con los clientes. “¿Puedo ofrecerle cualquier cosa?”, “Seguro que encuentras algo de tu agrado” y “Encantado de volver a verle” no volverían a ser pronunciados…
Los barrios de Nix yacían en silencio. Las casas hacía tiempo que habían sido abandonadas, sin ninguna preocupación por cerrar sus puertas. Varios perros paseaban quejumbrosamente por las calles, como buscando al amo que nunca volvería…
En la entrada de Nix, el cartel con el nombre de la ciudad colgaba tan solo de un enganche, que era mecido por el viento rechinando por la falta de aceite.
Un pequeño zorro emergió del bosque y, pasando bajo el cartel, penetró en la ciudad. Avanzó por las calles hasta llegar a la plaza central. La fuente se encontraba sucia y totalmente seca. Varios fragmentos de roca de su estructura se habían desprendido precipitándose en su interior.
El zorro olfateó el aire. En ese momento, un ratón correteó por delante del zorro. Éste, con un movimiento ágil lo agarró entre sus fauces. Tras lanzar un vistazo a cada lado, volvió por donde vino hasta desaparecer en la espesura del bosque.
Aunque no pudiera ser apreciado por el dosel de nubes, el sol se ponía lentamente en el horizonte. El crepúsculo arrojó una atmósfera más sombría aún sobre Nix.
Entonces, si alguien hubiera permanecido en la ciudad, podría haber apreciado aquellos sonidos fantasmales. El eco de las risas de los niños jugando se mezclaba con los cantos de las doncellas y con las brabuconerías de los caballeros y mozos…
Sonidos felices de épocas más prósperas. La república había caído y la ciudad yacía en su lecho agonizante.
Tan solo los dioses, si todavía velaban por Nix, sabrían el destino que la aguardaba.
La lluvia cesó y la ciudad se preparó para una solitaria noche.
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